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La ciudad que se vacía y la que se llena

Juan A. Esteban
Jun 29, 20261 min read

n verano muchas ciudades viven dos vidas opuestas a la vez. Hay barrios que se quedan en silencio —el bar de abajo cerrado por vacaciones, las persianas a medio bajar, una calle entera que de pronto suena a sus propios pájaros— y hay otros, a veces a cinco minutos, que se colapsan: maletas rodando sobre el adoquín a todas horas, idiomas cruzados, colas donde antes había vecinos. La misma ciudad se parte en dos sonidos. El del que se fue y el del que llega.

Lo curioso es que ninguno de los dos es la ciudad auténtica, y las dos lo son. El centro vaciado de residentes y lleno de visitantes no es una versión falsa; es lo que esa zona ha pasado a ser. Y el barrio que se queda en silencio tampoco recupera una pureza perdida: simplemente baja el volumen un mes. Quizá estos meses no deforman la ciudad, sino que la revela: enseña, subido de tono, lo que el resto del año estaba pasando más despacio. Y hay algo bonito en ese silencio de las zonas que se quedan solas: durante unas semanas, una ciudad ruidosa se permite escucharse a sí misma.

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